“Ni siquiera los animales lo hacen. Relacionarse con alguien del mismo sexo es enfermo. ¿Cómo va a ser eso derechos humanos? ¿Por qué nos presiona Occidente con las banderas y los brazaletes LGTBI? ¿Y cómo es posible que permitan a la gente cambiar de sexo, decidir si quieren ser hombre o mujer? No podemos entenderlo”, afirma E.A.M, catarí, de 43 años, en un lujoso café de Doha. Ella y su amiga, F.H., de 45, han accedido a charlar con EL PAÍS sobre su vida en Qatar con la condición de ocultar sus nombres completos y sus rostros.

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