“Su entrenador es francés y el fútbol que practican brasileño. Pero ellos son africanos del Camerún”. El cronista de la agencia alemana DPA para el diario peruano El Comercio destacado en Riazor se impactó ante aquella selección de indumentaria colorista y de referencias vagas. Mario Vargas Llosa se llamaba y compartía alojamiento con los 67 expedicionarios del combinado más ignoto del Mundial español, un “simpático hotelito” en la playa de Santa Cristina, vecina a A Coruña. Allí llegó el escritor peruano, que con 46 años ya tenía una estimable huella literaria, para matrimoniar letras y balón con el relato del devenir de la selección de su país. Encontró una historia mejor cuando creyó estar en Galicia, pero el olfato le transportó a otros lugares. Camerún viajaba con una buena cocinera. “Sus guisos traspasan las paredes de este hotelito con unos aromas densos y efervescentes que a mí me recuerdan los chupes y picantes de Arequipa, mi tierra”, describía Vargas Llosa, entregado testigo de la eclosión de un equipo al que nadie esperaba y que se presentó al mundo en tres partidos inolvidables, tras los que se fue eliminado, pero no derrotado. Camerún empató el duelo inaugural contra Perú y también sus partidos contra Polonia, a la postre semifinalista, e Italia, la campeona.

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