En el baloncesto hay jugadores que saben que recibirán el último balón en el instante decisivo. Lo saben ellos, lo saben los compañeros, lo sabe el público presente en el estadio y lo sabe la audiencia que lo sigue a través de la pantalla. Durante unos segundos, serán un dechado de confianza y seguridad en sus capacidades. Tomarán decisiones en medio de un mar de brazos y con la banda sonora del griterío de la grada. Enfocarán el aro con la presión añadida de todas las almas que sufrirán o disfrutarán si logran encestar. Pero parecerán no sentirla. Será, cada última jugada, como si fuera un día más en la oficina. Como si hubieran estado todo el partido aguardando ese momento. Da igual el formato que se les presente, suelen terminar encontrando una salida.

