Los más pijos y corruptos de Aosta, que son muchos si creemos a los novelistas, tienen una villa principesca en Cogne, prados verdes en primavera a 1.500 metros con vistas a las montañas del Gran Paraíso y allá a su frente el Mont Blanc, y, al lado, en la vecina Lillaz, unas cascadas en un torrente que son casi Niágara, exageran, y hasta allá se llega el Giro por una subida que parece una autopista, tan ancha, tan poca pendiente, tan buen asfalto, un falso llano de plato grande, y el pelotón agradece otra de las miserias del valle, el pegamento que une permanentemente a las nubes con los picachos, tanta nieve que destroza los Clarks del vicequestore Schiavone, y oculta el sol balsámicamente para las pieles blancas quemadas, y, después del sofoco turinés, las explosiones al sol, la humedad, el Po y Superga, los ciclistas respiran. Llega la fuga y gana Ciccone, y lanza feliz las gafas al aire el escalador de los Abruzos, especialista, como últimamente Simon Yates, en victorias intranscendentes, sin peso en el desarrollo de la carrera.

