El atracón contra Irán hizo olvidar durante unos días la retahíla de desilusiones sobre la que Inglaterra había transitado en los meses previos al Mundial. Aquellos seis goles anunciaban la llegada a un nuevo mundo, y la selección de Southgate miraba más a la copa Jules Rimet que espera en el estadio de Lusail que a aquellos días de frustración en los que no valía nada de lo que habían conseguido desde la semifinal de Rusia 2018. Pero había sido un espejismo, claro, y lo descubrieron en el estadio más al norte de Doha, el Al Bayt, construido con la apariencia de una tienda de los nómadas del desierto. El pozo del que salieron seis goles el lunes se había secado.

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