Si en lugar de las banderas japonesas anudadas al cuello lucieran un uniforme, cualquiera habría confundido el miércoles a los hinchas de la selección nipona con la brigada de limpieza contratada para recoger los desechos y adecentar el estadio al término del partido. Ni la euforia por la inesperada victoria de su equipo ante un rival a priori superior como Alemania hizo olvidar a los seguidores de Japón unos deberes cívicos que tienen muy interiorizados: dejar el lugar donde han animado durante 90 minutos tal y como lo encontraron.

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