A las tres de la tarde hora local, Argentina regresó de golpe a su pesadilla rusa de 2018. O peor, mucho peor. Entonces arrancó con un empate ante la tierna Islandia -la primera curva que le terminó de descarrilar en octavos contra Francia-, y esta vez acabó en la cuneta frente a Arabia Saudí, una piedra en el campo y un alarido verde en la grada. No menos de 30.000 argentinos que llenaban la mitad del ondulante Lusail asistieron blancos a un derrape que nadie vio venir, tan ufanos como aterrizaron en el Golfo desde la otra parte del mundo.

