Adolescentes dándose el enésimo beso de despedida en un portal. Una pareja gay paseando de la mano. Una minifalda. Un charco de lluvia. En España son escenas tan comunes que ya no las percibimos, como esos movimientos mecánicos que hacemos sin darnos cuenta: cerrar los ojos al estornudar o decir “Jesús”, cuando alguien lo hace a nuestro lado. En Qatar todas esas estampas cotidianas han desparecido por culpa de la religión, las costumbres o el durísimo clima —hasta 50 grados en verano—. La FIFA, que ha llevado hasta allí la gran fiesta del fútbol, el Mundial, pretende hacer ver que no son importantes. El pasado sábado, Gianni Infantino, su presidente, realizó un largo esfuerzo —hora y media de rueda de prensa— para tratar de convencer al resto del planeta —hay 12.300 periodistas acreditados— de que lo trascendental, de lo que deberíamos estar hablando, es de fútbol. Solo fútbol. Su coletilla durante esos 90 minutos (la duración de un partido) en los que se enfrentó a la prensa fue “or whatever” (o lo que sea): “estos musulmanes o lo que sea”; “este país malo o lo que sea”… Fue un intento inútil de estornudar con los ojos abiertos. Ni siquiera el más poderoso, el dueño de la pelota, puede conseguirlo. Sobre todo cuando tiene 12.300 testigos enfrente para advertírselo en cada intento.

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