“Qué maravilloso que la gente pueda poner a un lado lo que los divide y celebrar la diversidad y lo que une a todos a la vez”, declaró, ufano, el emir de Qatar, Tamim bin Hamad Al Thani, en la ceremonia de inauguración del Mundial. Apenas 24 horas antes, el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, había dicho algo muy parecido al responder a una pregunta: si no se arrepentía, como su predecesor, Joseph Blatter, de haber llevado el torneo a un país que discrimina a las mujeres y criminaliza la homosexualidad. Este domingo, en el palco de autoridades del estadio Al Bayt, Infantino se sentó —o le sentaron— junto al príncipe saudí Mohamed Bin Salmán, considerado el instigador del brutal asesinato del periodista crítico Jamal Kashoggi en el consulado de Estambul en 2018. El pasado septiembre, Bin Salmán fue nombrado primer ministro del país que lapida y que impone condenas de más de 30 años de cárcel por tuitear.

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