Durante el Mundial de México, Kissinger, un norteamericano prematuro en la afición al fútbol, publicó un brillante artículo en EL PAÍS en el que afirmaba que cada selección responde al patrón de conducta de la nación que representa. Los alemanes hacían gala de previsión, preparación y trabajo duro, lo mismo que en la guerra. Italia, decía, reflejaba la convicción nacional, forjada por vicisitudes de la historia, de que el esfuerzo por sobrevivir debe estar basado en el ahorro de energía. Inglaterra decayó porque su orgullo insular les impedía mejorar su fútbol a influencias exteriores. No le extrañaba que Francia fuera el país de fútbol más elegante de Europa, pues ese es su sello como nación. Y tampoco que no hubiera país comunista capaz de llegar a la final, porque la planificación estereotipada destruye la creatividad.

