Doha es una ciudad en guardia, avizor de un Mundial del que no está muy claro qué espera y a quién espera. A dos días de la inauguración, la capital catarí tiene un aire fantasmal. Son las 9.30 de la mañana (las 7.30 en España) y en el paseo marítimo de Corniche, una de las arterias principales, no hay más almas que las de una extensa hilera de agentes de policía entremezclados con personal del servicio de limpieza. Todos a cobijo. No hay bien más preciado y escaso que una sombra protectora de los 30 grados que ya abrasan y el 40% de humedad que ya sofoca. Los cuerpos sudan como regaderas, al menos los de una docena, no más, de valientes transeúntes sin uniforme. Los que lo llevan se empapan para nada. No hay a quién vigilar, ni siquiera hay tráfico que dirigir porque todo está cortado y vallado. Y porque en esta capital, de momento, no hay tránsito peatonal. De no ser por el tráfico, silencio, silencio. En las calles, por el día y por la noche. En Doha se conduce, no se callejea. Nada que ver con lo que presuntamente se espera. De ser así, un cambio de agujas total.

