En breve comenzará la Copa Mundial de Fútbol y uno percibe en el ambiente cierta falta de euforia. La polémica está servida desde hace tiempo. Hay quienes propugnan (¡a buenas horas!) el boicot de un acontecimiento deportivo organizado por un país con posibles, Qatar, sin tradición futbolística, regido por una monarquía absoluta, donde la homosexualidad está penalizada y las mujeres son consideradas seres inferiores por dictamen divino. Añádase que en la construcción de las distintas instalaciones murieron, según The Guardian, más de seis mil obreros sometidos a condiciones laborales infrahumanas. Todo ello provoca en ciertos participantes escrúpulos de naturaleza moral. Unos y otros se esfuerzan por acallar la voz de su conciencia. Supongo que no será el caso de otros participantes, como Irán o Arabia Saudí. Ignoro la postura de Argentina, que organizó un mundial, sin culpa de la población, en plena dictadura militar.

