No hace tanto tiempo, las gradas de los fondos de los estadios de fútbol españoles servían de altavoz para un alto porcentaje de personas con un profundo y constante interés en la violencia. Física o verbal. El deporte era, en realidad, una excusa. Las horas previas a los encuentros se convertían en un juego básico que consistía en o bien buscar a sus pares de la afición rival para intercambiar golpes y botellazos o bien enzarzarse con la policía en una coreografía de carreras, porrazos y contenedores volcados.

