Buenos Aires, el sol de esta mañana de noviembre, jacarandás, atascos. En la autopista que va del aeropuerto a la ciudad hay un peaje, una docena de casetas gastadas, hordas de coches a paso de tortuga. El que me lleva se enfrenta a la barrera con su pase automático; la barrera se abre pero, al mismo tiempo, muestra unas letras de lucecitas rojas que dicen “moroso”. No lo entiendo; el conductor me explica que no tiene fondos en su cuenta del peaje pero que entonces la máquina le permite pasar algunas veces, no sabe cuántas, quizá diez, hasta que pague, y que por eso le recuerdan que es moroso. No ha pagado, le fían, usa lo que algún día, eventualmente, si puede, pagará. Gasta a cuenta, gasta lo que no tiene para seguir gastando: la Argentina empieza en el primer peaje.

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