<strong>El Sevilla descifró parte del enigma del Escape Room</strong> que supuestamente le había preparado el <strong>Betis </strong>para salir medio vivo (su situación deportiva es igual de delicada que antes del derbi) de una encerrona deportiva, que finalmente no fue tal, por los <strong>errores groseros de dos de las estrellas béticas</strong>, viendo cartulinas rojas cuando el partido se les había puesto a huevo para vencer e incluso humillar a un <strong>tocado Sevilla</strong> (el fútbol es caprichoso y antes de golear siempre se debe primero empezar a ganar). Esa sería la lectura si el relato de lo sucedido lo contase un señor de Palencia. Pero no. <strong>Aquí el relato se escribe desde un único rincón</strong> y hace tiempo que encontraron al chivo expiatorio perfecto para explotarlo: <strong>Monchi</strong>. Al que le va demasiado la marcha en este tipo de escenarios y colabora desinteresadamente; y también se controla al altavoz más sonoro, el de los medios nacionales, quienes por alguna suerte del destino, más alguna declaración altisonante del personaje en cuestión en territorio prohibido, <strong>no esconden su abierta antipatía hacia el director deportivo sevillista</strong>. Las casualidades no existen. Un derbi donde no se vuelve a hablar de fútbol y sí de <strong>piques en el palco, trifulcas en los vestuarios y de un señor que aparentemente provoca por saludar, festejar o agradecer</strong> el ánimo recibido a sus aficionados cuando aún <strong>no se había retirado el público del Villamarín</strong>. Vamos a tratar de ponernos en la piel de todos y cada uno de los afectados, de los supuestos culpables hasta encontrar que la vida no se divide entre buenos y malos, sino en el grado de honestidad de quien actúa o sobreactúa. Y las historias siempre tienen presentación, nudo y desenlace. No nos adelantemos. Porque el calentamiento del derbi arranca en la otra orilla, con <strong>un tifo al que no se le ha dado repercusión debido a que sólo los avezados seguidores de esta gran ciudad eran capaces de descifrar</strong>. Monchi de espaldas (con la corbata imagino colocada con una chincheta por su falta de cuello), con chistera y sombrero (por eso de que le denomina el amigo Manolo «el mago Ramón») y hablando por el móvil. Aquí se entenderá que es el momento donde le dice a Martagón (el delegado) que <strong>Jordán simule un mareo tras el palo recibido en el derbi de Copa</strong>. Un palo que aparece en el tifo junto a un Jordán llorando y sentado junto a Pinocho. Le dicen mentiroso, sí. <strong>Volver a insistir en un episodio de vergüenza local (para todos) es incalificable</strong>. Porque quien domina el relato siempre tiene las de ganar. ¿Monchi fue el culpable del día del palo? Eso se deja entender. <strong>El hecho de consentir dicha imagen como decoración del derbi dice mucho y poco bueno</strong>. Queremos exportar lo nuestro y sólo nos echamos mierda encima. Como en cualquier calle de la ciudad, dicho sea de paso.

