A Gerard Piqué, como a Barack Obama y a Usain Bolt, también lo descubrí yo. O, más exactamente, di cuenta de sus potenciales. La historia de cómo desde Sanxenxo vi venir a Obama y a Bolt es larga y prolija. En cuanto a Piqué, lo empecé utilizando en el año 2006 como pivote de mi centro del campo con el Real Zaragoza en el Pro Evolution Soccer; de allí lo desplacé a la defensa tras fichar a Essien (con Piqué al mando de la defensa, Essien barriendo el centro del campo y Kalou como animal asesino en el ataque, inspirándome en las tácticas entrañables de mi maestro Víctor Espárrago, aquel Zaragoza ganó dos Champions) y supe pronto que había un central de jerarquía, alguien llamado a marcar una época. Sólo quienes estuvimos muchos años de nuestra vida colgados del juego de una videoconsola sabemos el fortísimo lazo de unión que podemos llegar a tener con jugadores a los que manejas varias horas al día y todos los días, de tal modo que una noche llegué a soñar con Castolo, que ni siquiera existe.

