El Papa va a hablar. Paulo Papa Pezzolano se asoma al balcón del ayuntamiento de Valladolid. Debajo, miles de fieles entre una fumata morada escupida por bengalas. El entrenador del Real Valladolid toma el micrófono y grita el “¡Pezzolano dimisión!” con el que la afición le ha castigado desde el principio hasta el final de la exitosa temporada. La hinchada, primero atónita, aprovecha el brindis y clama contra el técnico, quien prosigue el cántico hasta recogerse tras sus jugadores. La secuencia ha sorprendido tanto fuera de Valladolid como poco en el mundillo futbolístico de la ciudad: buena parte de la grada no quiere al entrenador que los ha devuelto a la élite. Los asteriscos de esta aparente contradicción: que él mismo lo descendió hace un año, que el equipo no ha mostrado línea de juego y que el uruguayo no ha comulgado con el pueblo ni ha tendido lazos con los aficionados. Ahora, líder y ascendido, cuenta con un año automático de renovación.

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