“Solo los niños y los pájaros conocen el verdadero sabor de las cerezas”, escribió Gianni Mura, que no conoció a Jordan Díaz, pero hablaba de él, del saltador cubano, grácil, alado, hermoso como un pájaro, como Aquiles, el de los pies ligeros, cuando se acerca a la tabla del triple y bota y salta y vuela, fácil, suelto, 17,52 metros, y su risa infantil, su alegría, su tontería ingenua, la de quien no tiene que rendir cuentas a nadie, la del atleta libre. Como un niño. Como un pájaro. El mejor atleta español. Uno de los mejores del mundo, absoluto, qué swing innato de bailarín en su carrera, qué inercia, como un Federer habanero convertido en cazador en las nubes a ritmo de salsa.

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